Soy chica. No sé si muy chica, lo suficientemente chica como para estar jugando a las muñecas. Las tengo sentadas a mi alrededor. Les leo.

Es un libro azul, de tapas duras, con una imagen de un montón de mujeres en la tapa. Casi todas son niñas en realidad, pero a mí me parecen mujeres. Mujeres jóvenes. Fuertes. De otra época. Con vestidos diferentes a los míos. Con muebles distintos a los que hay en casa. Es papel ilustración, aunque en ese entonces no le presto atención a eso. Hay un nombre en el lomo, pero tampoco lo miro porque ¿qué puede importarme quién lo escribió? Sólo sé que son cuatro hermanas. Cuento las muñecas: una, dos, tres. La cuarta soy yo. Tengo un cuaderno con algunas hojas usadas que me regaló mamá. Escribo sin orden, a veces en las primeras páginas. A veces en el medio. A veces patas para arriba. Sin respetar márgenes ni renglones. Leo en voz alta. Leo el libro de tapas azules pero hago de cuenta que leo el cuaderno.

Me llamo Jo. Josephine March y tengo puesto un vestido de muselina verde, aunque no tengo ni la menor idea de lo que es la muselina verde. Me peleo mucho con la muñeca de la izquierda, la rubia, a la que llamo Amy. Y tengo un apego especial con Beth, que toca el pianito rojo de madera que me regaló el tío Enrique, y tiene un agujero en su panza de porcelana porque un día se me cayó la bicicleta encima y el manubrio se le clavó como un extractor de petróleo sobre el ombligo blanco y arenoso.

Cuando en el libro aparece “Laurie” el corazón  se me acelera. Estoy un poco enamorada de él. Me gusta cómo trata a Josephine  y es un gran amigo, y a esa edad me gustan más los amigos que los amantes. Me siento un poco decepcionada cuando llego al final y descubro que Jo no se quedará con él. Que, en cambio,  se casará con su hermana Amy.

Entonces cierro el libro. Amy tendrá que buscarse otro candidato, digo con mi voz de niña, porque a mí me gusta Laurie para Jo. Les cuento a mis muñecas esa historia.

Es increíble rememorar aquello y verme ahí con todos mis atributos de lectora. Esa soy yo, leyendo como leo ahora. Abstrayéndome del mundo real para meterme en ese otro inventado, que a veces imagina otro y a veces reformulo yo. Aquella lectura (ni siquiera puedo estar segura de que haya sido la primera pero sí la primera verdaderamente significativa en mi vida) determinó muchas cosas: que yo soy, leyendo. Que cuando leo, escribo. Que no puedo leer sin escribir ni escribir sin haber leído. Y, sobre todo, que esa niña de antaño vuelve a mí cada vez que tengo un libro entre las manos.     

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