Escribir es como fotografiarse, y explicar cómo escribes es como querer explicar la fotografía. [GM]

  • ¿Me gusta escribir? ¿Qué es lo que me gusta más de escribir? ¿Y lo que me gusta menos?
  • ¿Escribo muy a menudo? ¿Me da pereza ponerme a escribir?
  • ¿Por qué escribo? Para pasármelo bien, para comunicarme, para distraerme, para estudiar, para aprender…
  • ¿Qué escribo? ¿Cómo son los textos que escribo? ¿Qué adjetivos les pondría?
  • ¿Cuándo escribo? ¿En qué momentos?  ¿En qué  estado de ánimo?
  • ¿Cómo trabajo? ¿Empiezo enseguida a escribir o antes dedico tiempo a pensar? ¿Hago muchos borradores?
  • ¿Qué equipo utilizo? ¿Qué utensilio me resulta más útil? ¿Cómo me siento con él?
  • ¿Repaso el texto muy a menudo? ¿Consulto diccionarios, gramáticas u otros libros?
  • ¿Me siento satisfecho/a de lo que escribo?
  • ¿Cuáles son los puntos fuertes y los débiles?
  • ¿De qué manera creo que podrían mejorar mis escritos?
  • ¿Cómo me gustaría escribir? ¿Cómo me gustaría que fueran mis escritos?
  • ¿Qué siento cuando escribo? Alegría, tranquilidad, angustia, nerviosismo, prisa, placidez, cansancio, aburrimiento, pasión…
  • ¿Estas sensaciones afectan de alguna forma al producto final?
  • ¿Qué dicen los lectores de mis textos? ¿Qué comentarios me hacen más a menudo?
  • ¿Los leen fácilmente? ¿Los entienden? ¿Les gustan?
  • ¿Qué importancia tiene la corrección gramatical del texto? ¿Me preocupa mucho que pueda haber faltas en el texto? ¿Dedico tiempo a corregirlas?
  • ¿Me gusta leer? ¿Qué leo? ¿Cuándo leo?
  • ¿Cómo leo: rápidamente, con tranquilidad, a menudo, antes de acostarme…?

Del libro La cocina de la escritura, Daniel Cassany.

Consejos para escritores

Soy chica. No sé si muy chica, lo suficientemente chica como para estar jugando a las muñecas. Las tengo sentadas a mi alrededor. Les leo.

Es un libro azul, de tapas duras, con una imagen de un montón de mujeres en la tapa. Casi todas son niñas en realidad, pero a mí me parecen mujeres. Mujeres jóvenes. Fuertes. De otra época. Con vestidos diferentes a los míos. Con muebles distintos a los que hay en casa. Es papel ilustración, aunque en ese entonces no le presto atención a eso. Hay un nombre en el lomo, pero tampoco lo miro porque ¿qué puede importarme quién lo escribió? Sólo sé que son cuatro hermanas. Cuento las muñecas: una, dos, tres. La cuarta soy yo. Tengo un cuaderno con algunas hojas usadas que me regaló mamá. Escribo sin orden, a veces en las primeras páginas. A veces en el medio. A veces patas para arriba. Sin respetar márgenes ni renglones. Leo en voz alta. Leo el libro de tapas azules pero hago de cuenta que leo el cuaderno.

Me llamo Jo. Josephine March y tengo puesto un vestido de muselina verde, aunque no tengo ni la menor idea de lo que es la muselina verde. Me peleo mucho con la muñeca de la izquierda, la rubia, a la que llamo Amy. Y tengo un apego especial con Beth, que toca el pianito rojo de madera que me regaló el tío Enrique, y tiene un agujero en su panza de porcelana porque un día se me cayó la bicicleta encima y el manubrio se le clavó como un extractor de petróleo sobre el ombligo blanco y arenoso.

Cuando en el libro aparece “Laurie” el corazón  se me acelera. Estoy un poco enamorada de él. Me gusta cómo trata a Josephine  y es un gran amigo, y a esa edad me gustan más los amigos que los amantes. Me siento un poco decepcionada cuando llego al final y descubro que Jo no se quedará con él. Que, en cambio,  se casará con su hermana Amy.

Entonces cierro el libro. Amy tendrá que buscarse otro candidato, digo con mi voz de niña, porque a mí me gusta Laurie para Jo. Les cuento a mis muñecas esa historia.

Es increíble rememorar aquello y verme ahí con todos mis atributos de lectora. Esa soy yo, leyendo como leo ahora. Abstrayéndome del mundo real para meterme en ese otro inventado, que a veces imagina otro y a veces reformulo yo. Aquella lectura (ni siquiera puedo estar segura de que haya sido la primera pero sí la primera verdaderamente significativa en mi vida) determinó muchas cosas: que yo soy, leyendo. Que cuando leo, escribo. Que no puedo leer sin escribir ni escribir sin haber leído. Y, sobre todo, que esa niña de antaño vuelve a mí cada vez que tengo un libro entre las manos.     

[Gardner Botsford fue editor de The New Yorker. En este extracto de Life of Privilege, Mostly, expone unas reglas para editar un texto.]

A principios de 1948, la entrega de «Carta desde París» y «Carta desde Londres» se trasladó desde el domingo a un día más civilizado de la semana, y a mí me trasladaron con ella. Otra persona pasó a encargarse de las noches de domingo y empecé a dedicar la mayor parte del tiempo a editar largas piezas factuales: «Perfiles», «Reportajes» y textos de ese tipo. Seguí editando a Flanner y Mollie Panter-Downes –de hecho, a partir de entonces edité todo lo que cualquiera de los dos escribiese para la revista–, y también me asignaron a varios escritores de primera clase del New Yorker, con muchos de los cuales formé alianzas permanentes. Eso implicaba menos tiempo con los escritores de menor calidad con los que había empezado, los Helen Mears y Joseph Wechsberg. Helen Mears era una escritora olvidable; a Joseph Wechsberg lo recordaré siempre. Era un incordio, un Mal Ejemplo y un rito de paso para cada editor junior. Para empezar, era checo y en realidad nunca aprendió inglés. (Aquí hay una observación biológica de Wechsberg que he conservado intacta a lo largo de los años: «Sin los largos hocicos de los abejorros, los pensamientos y el trébol rojo no pueden ser fructificados».) Además, había empezado como escritor de ficción (ahora es más conocido, si es que se le conoce por algo, por algunos relatos que publicó en la revista antes de la guerra) y, cada vez que los datos que necesitaba resultaban elusivos, se los inventaba. Como su escritura estaba desvinculada de la gramática, el vocabulario y la cordura (ver arriba), podía escribir muy deprisa, y no había nadie más prolífico que él. Sandy Vanderbilt siempre decía que había editado más a Wechsberg que yo, y que había editado más a Wechsberg de lo que el propio Wechsberg había escrito, por culpa de una pesadilla recurrente en la que trabajaba en un manuscrito implacable e interminable de Wechsberg que seguía supurando por mucho que Sandy trabajara, pero cuando fuimos a la morgue y sacamos el archivo de Wechsberg, ninguno de los dos podía recordar quién había editado qué, o, para ser más precisos, quién había escrito qué. Lo que nos molestaba era que Wechsberg era inmensamente popular entre los lectores, lo que quería decir quenosotros éramos inmensa, aunque anónimamente, populares entre los lectores. Cuando llegaron algunos editores que eran todavía másjuniors que yo –Bill Knapp, Bill Fain, Bob Gerdy y un par de figuras más transitorias–, les asignaron a Wechsberg y yo quedé libre al fin. No totalmente libre, por supuesto.

Como la revista publicaba cincuenta y dos números al año, la mayoría de los cuales contenía (entonces) al menos dos piezas factuales, era demasiado esperar que los escritores de primera fila pudieran satisfacer esa demanda. Eso abrió la puerta a escritores de segunda línea y yo (como Sandy, Shawn y todos los demás) tenía que echar una mano. Era el tipo de trabajo que me llevó a una serie de conclusiones sobre la edición.

Regla general n.º 1: Para ser bueno, un texto requiere la inversión de una cantidad determinada de tiempo, por parte del escritor o del editor. Wechsberg era rápido; por eso, sus editores tenían que estar despiertos toda la noche. A Joseph Mitchell le costaba muchísimo tiempo escribir un texto, pero, cuando entregaba, se podía editar en el tiempo que cuesta tomar un café.

Regla general n.º 2: Cuanto menos competente sea el escritor, mayores serán sus protestas por la edición. La mejor edición, le parece, es la falta de edición. No se detiene a pensar que ese programa también le gustaría al editor, ya que le permitiría tener una vida más rica y plena y ver más a sus hijos. Pero no duraría mucho tiempo en nómina, y tampoco el escritor. Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa.

Regla general n.º 3: Puedes identificar a un mal escritor antes de haber visto una palabra que haya escrito si utiliza la expresión «nosotros, los escritores».       

Regla general n.º 4: Al editar, la primera lectura de un manuscrito es la más importante. En la segunda lectura, los pasajes pantanosos que viste en la primera parecerán más firmes y menos tediosos, y en la cuarta o quinta lectura te parecerán perfectos. Eso es porque ahora estás en armonía con el escritor, no con el lector. Pero el lector, que solo leerá el texto una vez, lo juzgará tan pantanoso y aburrido como tú en la primera lectura. En resumen, si te parece que algo está mal en la primera lectura, estámal, y lo que se necesita es un cambio, no una segunda lectura.

Regla general n.º 5: Uno nunca debe olvidar que editar y escribir son artes, o artesanías, totalmente diferentes. La buena edición ha salvado la mala escritura con más frecuencia de lo que la mala edición ha dañado la buena escritura. Eso se debe a que un mal editor no conservará su trabajo mucho tiempo, mientras que un mal escritor puede continuar para siempre, y lo hará. La buena escritura existe al margen de la ayuda de cualquier editor. Por eso un buen editor es un mecánico, o un artesano, mientras que un buen escritor es un artista.

[Imagen.]

[La traducción es mía: se publicó anteriormente en el blog de Fernando García Mongay.]

vía CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD.

Del grandioso Quino, porque viene a cuento.

Del grandioso Quino, porque viene a cuento.

Dejo el link de una entrada de la Revista Muy interesante, con el detalle de las palabras que se han agregado en 2012 al Diccionario de la Real Academia Española.

Conocí a Liliana Bodoc hace un par de años (lo que no significa que ella me conozca a mí, claro). Yo acababa de leer Los días del venado, el  libro que inaugura su bella saga de los confines. Había quedado prendada de su escritura: tan simple, tan bella, tan poética. Ella dictaba una clase sobre épica en el Encuentro de narradores orales que año tras año se lleva a cabo en Feria del Libro de Buenos Aires. Creo poder decir sin mentir que me inscribí en ese encuentro solo por conocerla a ella: así de cholula soy.  Por supuesto, al terminar la clase le  pedí que firmara mi ejemplar. “En la literatura empezamos de nuevo. Empezamos siempre”, escribió ella. No estoy segura de haber aprehendido su sentido entonces.

Ahora me encuentro con esta charla que me resulta –como su escritura, como su persona– tan simple, tan bella, tan poética. Y vuelvo a su dedicatoria y pienso qué sería de nosotros, los hombres y las mujeres del mundo, sin la literatura. Qué sería de nosotros sin el arte. Cómo encontraríamos la verdad si no pudiéramos llegar a ella a través de esa mentira amable, profunda  y reveladora. ¿Cómo haríamos (ahora sí, tantos tiempo después, termino de entender aquella dedicatoria)  para empezar de nuevo? ¡Gracias, Liliana, por todas tus mentiras! Las que contás en tus libros y estas otras, que nos enseñás en tus clases, charlas y seminarios. Y dedicatorias.

 

 

 

Compartido por Magalí Redenski, un video para hacernos sonreir en esta mañana húmeda y destemplada…

 

1

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.


2

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.


3

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?


4

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.


5

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.


6

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.


7

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.


8

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.


9

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.


10

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.


11

Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.


12

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.


13

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.


14

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?


15

La luna nueva
ella también la mira
desde otro puerto.


16

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.


17

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.